16.2.10

Sillas azules





Antes fue oscuridad, aspereza. Suficiente
oscuridad, apenas soportable aspereza.
Abandono y soledad fue;
y angustia y temor. Lo suficiente.
Después vinieron veredas a paso rápido,
siempre en hora;
amaneceres húmedos de invierno;
calles vacías; neblina y ese olor
que era perfume
que es recuerdo.
Y vino también en un día frío
una casa llena de ventanas;
y una mesa inventada y camas fabricadas para siempre;
y sillas azules y prestadas,
para devolver a tiempo, antes
de que la costumbre empezara a echar raíces. Igual,
hubo sillas azules y prestadas
devueltas
¿a tiempo?

15.2.10

La dueña de los sapos

Cuando Adrián enfermó me vinieron a la memoria algunos recuerdos nítidos: juntándonos las manos a través de túneles perfectos en montañas de arena; su dedo índice flaquito de tanto chuparlo; los ojitos risueños perdidos en el fondo de su cara buscándome.
Después de la lluvia, a Adrián y a mí nos gustaba salir a juntar sapitos en una palangana. Él era más chico pero tenía buenos reflejos y era seguro con las manos, atributos indispensables para atrapar con éxito a esos escurridizos anfibios. Yo era quien los descubría más rápido, la de las ideas, la mayor y, en definitiva, la dueña de los sapos.
Al cabo de nadar por horas en esa indeseable agua limpia, los pobres animalitos mudos perecían sin encontrar orilla en la que reposar. Yo no me cansaba de mirarlos y no pensaba en nada.
Una vez, mientras llevaba la palangana a nuestra ciénaga secreta para tirar los sapitos muertos, Adrián se detuvo entre los árboles. Me pareció que juntaba bichos o algo del suelo, pero en realidad contaba las hojas que caían de un árbol al que sacudía con toda su fuerza. Decía que todas las hojas que cayeran serían los años que iba a vivir. Había tantas que no me quedé a ver, seguro nunca acabaría de contarlas. En cambio me entretuve observando esos cuerpos que caían como piedritas y quedaban apenas cubiertos por un agua verde y mohosa. Por unos instantes quería creer que los sapitos muertos iban a despertar porque aquél lugar debía ser más poderoso que cualquier estúpido juego. Debo haber jurado mil veces no volver a hacerlo nunca más.
Adrián no se quedaba hasta el final, después de atrapar a los sapitos se iba y yo hacía el resto. No le gustaban las cosas tristes. A él le gustaba quedarse entre los árboles contando los años que viviría, mientras una brisa suave le volaba las hojas.


P/ Adrián N.
en su memoria

9.2.10

los días preferidos del viento



los días domingos son los preferidos del viento
los días melancólicos son los preferidos del viento
los días vulnerables son los preferidos del viento
los días soñadores son los preferidos del viento
los días sin esquinas son los preferidos del viento
los días distraídos son los preferidos del viento
los días frente al mar son los preferidos del viento
los días sueltos son los preferidos del viento
los días desamarrados son los preferidos del viento
los días despejados son los preferidos del viento
los días celestes son los preferidos del viento
los días abiertos son los preferidos del viento
los días incesantes son los preferidos del viento
los días con árboles son los preferidos del viento
los días consonantes son los preferidos del viento
los días con caras son los preferidos del viento
los días tangibles son los preferidos del viento
los días probables son los preferidos del viento
los días desordenados son los preferidos del viento
los días irritables son los preferidos del viento
los días despojados son los preferidos del viento
un día cualquiera es el preferido del viento
los días miserables son los preferidos del viento
los días resignados son los preferidos del viento
los días interminables son los preferidos del viento
los días interminables son los preferidos
los interminables


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aún no estoy preparada para buscar moraleja
el viento sopla fuerte
y no permite a las metáforas convertirse en algo para decir